“Mefistófeles o Mefisto son las formas más comunes por las cuales se conoce a uno de los príncipes del Infierno, subordinado a Satanas, como su capturador de almas para el infierno. En muchas ocasiones también se toma como sinónimo del Diablo mismo (…)”
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Cuenta la leyenda…
Erase una vez, una niña, quien a temprana edad se encerró en el calabozo de su silencio y nunca más volvió a salir. Asustada de cada centímetro de su ser, corrió hacia los brazos de la soledad, esperando no volver a ver la luz del día. Sus ojos se hicieron grandes y fríos en la oscuridad cuando alcanzó a ver su reflejo.
Mientras los espíritus no durmientes la rodeaban para no dejarla dormir y en sus manos los sueños se volvían pesadillas. En su piel gélida las sonrisas agonizaban y se hacían lamentos. Cuentan que sus ojos amarillos se volvieron de tantas lágrimas perdidas y de tantas palabras absorbidas. Su piel palideció más y más y cuando dejó de ser una niña, no existía el color en ninguna parte de su ser. Sus labios se tornaron incoloros ante el silencio de su mente.
Descalza corrió buscando calor, cortando su piel, lastimando sus brazos. Ansiosa y desesperada por encontrar un sentido a lo ilógico corrió sin preocupación alguna. Corrió tanto y con tanta persistencia que nunca se fijo en la inocencia que perdía con la hemorragia de sus heridas. Cada vez perdía más sangre y no conseguía calor alguno. Sus ojos iban perdiendo calidez, aquella que la mantenía en pie. El aliento se le agotaba y la fe estaba casi extinta en su interior.
Y entonces…
Cayó sobre sus rodillas, con la piel desgarrada, con los ojos amarillos y con la noche invadiendo su ser. Un charco de sangre se formó a su alrededor. Las últimas gotas de color empezaron a escurrirse de sus ojos, formando las lágrimas más tristes que aquel bosque había visto en mil años. Miró sus manos y ahí, frente a ella, sus sueños se secaron: pesadillas distorsionadas, habitaban ahora en su mente. Mundos y submundos llenos de oscuridad y espíritus no durmientes la rodearon y absorbieron la poca vida e inocencia de aquella niña. Ella, ahora, no era un humano más.
Gritaron…
A su alrededor. Tan fuerte y tan violentamente que se volvió sorda: aprendió a ignorar a los demás. Cubría asustada sus oídos y aún así alcanzaba a oír los lamentos de todos aquellos que alguna vez fueron como ella. Mordía sus labios, nerviosa, callando sus propios gritos. Asesinando sus palabras. Las sombras la rodearon e intentaron darle ese abrazo que tan ávidamente buscó: era muy tarde, le brindaban demasiado calor para una piel tan muerta como la de ella.
Se levanto con la ira que ahora la embargaba y empujó a todos aquellos hipócritas: sentían lástima. No eran humanos, eran sombras de la noche que buscaban burlarse de su situación.
Caminó…
Hacía el abismo más oscuro, se detuvo a escasos centímetros del borde y abrazando sus rodillas se abrigó del frío mismo de su ser. En su interior, oscuros sentimientos aparecieron: tan terribles y tan añejos que hoy en día tiene miedo de revelarlos.
Cuenta la leyenda que esta niña, vive en mi interior.
FIN